Bitácora nº 14 · fondeo
El día que garreamos en Cabrera
— y todo lo que cambiamos de cómo fondeamos después
Habíamos fondeado en Cala Galiota cien veces. Es de esos sitios que crees conocer: arena limpia a cuatro metros, buen tenedero, resguardo de casi todo. La entrada número ciento uno fue distinta, y no porque el sitio cambiara — cambió el tiempo, y nosotros no le hicimos caso a tiempo.
Era finales de septiembre. El parte daba poniente flojo rolando a norte por la tarde, nada preocupante. Echamos el ancla con la cadena de siempre —unos 25 metros para cuatro de sonda—, comprobamos que agarraba dando atrás con el motor, y nos fuimos a cenar tranquilos.
Las once de la noche
El norte entró de golpe. No los 12 nudos del parte: rachas de 30 metiéndose por el freu, que en Cabrera se acelera como un embudo. El barco empezó a bornear fuerte, y en una de esas guiñadas noté lo que ningún fondeador quiere notar: el tirón seco, y después nada. El ancla había dejado de agarrar. Estábamos arando.
"Miré el GPS y la derrota era una línea recta hacia las rocas de sotavento. Teníamos ochenta metros y se acababan rápido."
Marta al timón y motor, yo a proa con la linterna. Recogimos, nos separamos de la costa, y volvimos a fondear más adentro con el doble de cadena y un ángulo mejor. Esta vez sí puse guardia: alarma de fondeo en el plotter y turnos hasta que amaneció y el norte aflojó.
Lo que cambiamos desde entonces
No fue mala suerte: fue confianza. Estas son las cuatro cosas que hacemos distinto desde aquella noche, y que no hemos vuelto a saltarnos.
Cabrera sigue siendo uno de nuestros sitios favoritos. Pero ahora entramos con respeto, no con costumbre. Y esa, probablemente, es la lección de las mil millas resumida en una noche.
— treinta años de cuaderno de a bordo
¿Has garreado alguna vez? Cuéntanos tu noche en la próxima entrada — las mejores lecciones de fondeo las hemos aprendido de otros navegantes.