07 jul. 2026 · Alberto Piedra
Las islas lejanas
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D. Francisco Ruiz Aldereguía (click)
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La presencia de España en el Océano Pacífico durante cuatro siglos, tres de ellos de manera exclusiva, hizo que este vasto mar fuera conocido como el Lago Español. Conozcamos la fascinante historia del encuentro con los pueblos de Oceanía y la verdad de lo que en esas remotas tierras aconteció. |
Muchos de estos episodios reales han quedado olvidados en archivos históricos de medio mundo, o han sido tergiversados de forma tendenciosa por los anglosajones. En Las islas Lejanas, el autor, diplomado en |
Geografía e Historia, Marino de guerra, emprendedor, pero sobre todo gran escritor, recupera tras un exhaustivo y riguroso trabajo de investigación, a uno de esos hidalgos aventureros, empeñado en consolidar el imperio de España. En su narrativa novelada nos muestra con habilidad y precisión el sentir de esos personajes que, con sus temores, esperanzas e ilusiones, resultaron ser irrepetibles.
El protagonista Joseph Quiroga fue en la vida real uno de esos hombres irrepetibles, que con un profundo sentido de servicio a la Corona y a la causa de Dios, salió desde su Galicia natal para acabar sus día en las islas Marianas en la actual Micronesia.
A pesar de haber dejado su vida en el empeño, es recordado injustamente como un oficial cruel y exterminador de nativos. Una absurda leyenda negra, llena de prejuicios hacia la grandeza el honor y la fe de aquellos españoles que nos precedieron. La verdadera historia descubre unos hechos muy distintos a los hasta ahora aceptados, y que podremos descubrir a lo largo de este apasionante trabajo.

Introito de Las islas Lejanas
Los cosmógrafos lo llamaron “el error fecundo de Colón”, esa fue la clave de todo. Cristóbal Colón, que no era un navegante sino un cartógrafo, estudió el mapa de Toscanelli, calculó qué distancia había para llegar a las Indias, sopesó el riesgo y consiguió financiación para su idea. Él, que era un “don nadie”, hijo de un colchonero genovés, se lanzó al océano con una nao, dos carabelas, noventa hombres y cartas de presentación de sus reyes para los emperadores de Cathay y Cypango. Fue el primero en la historia que se atrevió a navegar hacia el Oeste consciente de que perdería de vista la costa durante muchos días. Tardó más de lo previsto en recorrer la distancia estimada hasta las supuestas Indias.
Hizo algunas trampas, o quizás fuesen equivocaciones, en su derrota por el Atlántico, pero supo volver para contarle a su inestimable mecenas, la reina Isabel de Castilla, que había descubierto nuevas tierras tal como él le había anticipado. Este saber retornar convierte a Colón en el gran descubridor, y también en el gran meteorólogo que aprovechó los vientos alisios para ir al Nuevo Mundo y supo hacer el tornaviaje al Viejo Mundo con las corrientes del Golfo y los vientos del Oeste, abriendo una página gloriosa en la historia del hombre.
La suerte de Colón
¿Sabía cómo volver, o quizás Cristoforo Colombo, el portador de Cristo, encontró por casualidad los vientos propicios para su misión sagrada? ¿Se consideraba a sí mismo como el hombre elegido por Dios para hacer tal descubrimiento? Con este sentimiento partió del puerto de Palos el tres de agosto de 1.492.
Lo que nunca supo Colón tras aquellos viajes que hizo a la nueva Tierra Firme que descubrió, es que aquello no eran las Indias que él había salido a buscar. Tal era su desconcierto en aquel “Mundus Novus”, donde situó el Paraíso Terrenal, elaborando sus especulaciones místicas ante lo que le superaba. Imaginó teorías que calmaban la sed de conocimiento de este hombre renacentista, a caballo entre el mito, la ciencia, la razón y la fe.
En verdad Cristóbal Colón fue un descubridor con mucha suerte. Si no llega a encontrarse con el continente americano a los treinta y seis días de salir de Canarias, con toda seguridad, hubiera fracasado y muerto. Porque realmente para llegar al país de la China le quedaba por atravesar un enorme Océano que ocupa la tercera parte de la tierra. Su fecundo error abrió al rey de España la posesión de un enorme territorio y una cantidad ingente de súbditos en las Indias Occidentales.
El mar del Sur
América cortaba el paso a la India verdadera, numerosas expediciones trataron de descubrir el paso al otro mar que llevara a las Indias Orientales. Confirmó la existencia de ese océano el extremeño Vasco Núñez de Balboa, que atravesó la costa del golfo del Darién y vio que hacia el sur se extendía una inmensa porción de agua. Se metió hasta la cintura en ese mar e hizo un gesto que tuvo consecuencias muy importantes para el curso de la Historia en los siglos siguientes. Desenvainó su espada y, con un crucifijo en la otra mano, gritó: En el nombre de Dios y del rey de España tomo posesión de este océano. Los cronistas que iban en su expedición dieron fe de ello y lo llamaron Mar del Sur. Era el veinticinco de septiembre de 1.513.
En ese tiempo, casi simultáneamente, otros peninsulares ibéricos, los portugueses, estaban llegando al otro extremo de ese enorme mar. Habían rodeado África para alcanzar las islas de las especias y comerciar con Oriente. Vasco de Gama llegó a Calicut, en la India, en mayo de 1498. Lisboa se convirtió en la principal abastecedora de especias de Europa, el gran negocio.
La enorme aventura de Magallanes
A un tal Hernando de Magallanes, capitán portugués que ha estado por aquellas tierras de Asia, ese camino hasta Oriente dando la vuelta por el cabo de Buena Esperanza y atravesando el Océano Índico le parece largo, siete meses si todo va bien. Así que vuelve a la península y se propone organizar una expedición hasta el Maluco, sorteando la barrera de tierra que es América.
Se lo propone al rey Carlos I de España, porque así había quedado acordado tras el Tratado de Tordesillas y en conformidad con las bulas del papa Alejandro VI, que dicen: "Los baxeles del rey de Portugal navegasen hacia Levante y los del rey de España lo hiciesen hacia Poniente…" Además, había que darse prisa, porque ante la imposibilidad técnica de definir el antimeridiano de la línea fijada en Tordesillas se había quedado en la ambigüedad de "…en el otro extremo de Oriente, las tierras descubiertas serán posesión del primero que llegase, siempre que no hubieran sido poseídas por el otro".
Bajo estas premisas Hernando de Magallanes sale de Sevilla el día veinte de septiembre del año 1.519, con cinco naos y doscientos cuarenta y tres hombres en busca de la ruta hacia las indias orientales por el oeste. Era uno de esos avezados capitanes y marinos, con una voluntad e intuición extraordinaria. Como portugués, era sospechoso a los ojos de los españoles; que le hubieran dado el mando de la expedición suscitó la envidia de muchos. Por tal razón tuvo motines, deserciones y toda clase de calamidades. Las venció todas con astucia, inteligencia y valor. Incluso venció uno de los pasos marítimos más difíciles de cruzar de todo el mundo, que en su memoria hoy lo identificamos con su nombre, el Estrecho de Magallanes.
El enorme Océano Pacífico
Con las tres naos que le quedaron, arrumbó para ir al noroeste, donde estimaba estarían sus preciadas Islas de las Especias. Aquel mar resultó más grande de lo esperado. Lo pasaron muy mal, la gente moría y el italiano Antonio Pigafetta, un simple soldado meritorio de la expedición, escribió en su diario: "Algunos hubieron de contentarse con comer serrín, otros comíamos los cueros de las velas puestos a remojo, y el precio de una rata a muchos ducados se pagaba".
En estas circunstancias tardó tres meses y diez días en avistar unas islas. En la más grande de ellas decidió echar los ferros para descansar, hacer aguada, leña y víveres frescos. Al acercarse a la costa se aproximaron cientos de embarcaciones, praos con velas triangulares hechas de tejidos de palma, gobernadas por indios desnudos que los recibían muy contentos. Era el cinco de marzo de 1.521, el día del encuentro de los pueblos europeos con los pueblos de la Oceanía.
Guam; Las islas lejanas
Los nativos dijeron que aquella tierra se llamaba Guaham y que más al norte estaban las de Gani. Pero Magallanes las bautizó como las Islas de las Velas Latinas. Hermoso nombre para un lugar paradisíaco, donde los naturales no mostraron ningún miedo ante estos famélicos y enfermos barbudos, antes bien, estaban deseosos de comerciar e intercambiar sus frutos tropicales por trozos de hierro y clavos, que parecían conocer y que deseaban de manera especial por carecer de ellos. Tuvo que mantenerlos a raya, invadían el barco en cuanto los depauperados tripulantes se despistaban.
Magallanes en seguida percibió que aquellas preciosas islas no era lo que él buscaba: El Maluco o Las Islas de las Especias. Así que recuperada su gente y cargado el barco de refrescos, decidió seguir su viaje pocos días después. Antes de partir algunos nativos robaron el esquife acoderado por la popa de la capitana. Esta embarcación le resultaba imprescindible para su cometido de explorar, maniobrar, barquear agua o víveres, así que indignado saltó a tierra con varios hombres, encontró el bote, tuvo un enfrentamiento con los ladrones, incendió la aldea y mató a siete de ellos. Tras este penoso encuentro abandonaron las islas. También descubrieron que los nativos isleños no eran trigo limpio, pues en las cestas con frutos, intercambiados por cuentas, cascabeles y clavos, estaban rellenas tramposamente con piedras y arena. A los exploradores no les pareció bien aquello, por eso a estas islas desde ahora se las iban a conocer como las Islas de los Ladrones.
El encuentro con las Filipinas
Magallanes siguió al oeste hasta encontrar otras ínsulas dos semanas después. Su esclavo Enrique, un malayo al que llevaba de intérprete, le avisó de lo que él ya había percibido: estamos en las indias Orientales. Se trataba de un archipiélago de grandes y pequeñas islas. Como era costumbre las bautizaron con el nombre de Islas de San Lázaro, por el santo del día, o el archipiélago de Poniente y las tomaron como posesión del rey de España. Estas fantásticas islas —las actuales Filipinas— contaban con una organización social, en unas había indios desnudos y en otras reyes y reyezuelos vestidos de sedas con turbantes en la cabeza, muchos de ellos mahometanos, y mantenían un intenso comercio con otros reyes lejanos de India, China, Siam, Borneo y Japón. Desde hacía poco habían oído hablar por la zona de unos hombres blancos llegados de muy lejos, hombres bravos pero muy peligrosos, llamados portugueses.
Estos castellanos trabaron alianzas, bautizaron a algún régulo de aquellos y lo tomaron como súbdito del rey de España. Ahora solo había que buscar las cercanas islas de las especias, las famosas Tindore y Ternate, comprar pimienta, clavo, canela o lo que hubiera, y regresar con la buena noticia de haber llegado a Oriente por el oeste. En una de aquellas islas, Magallanes, por algunas traiciones y llevado por su fuerte genio y un exceso de confianza, habría de encontrar la muerte en un enfrentamiento contra los naturales. Los expedicionarios tuvieron que nombrar varios jefes sucesivos, sufrir una dolosa matanza y salir de las islas de San Lázaro. La flota quedó mermada a dos naos: la Trinidad y la Victoria. Con sus buenas gestiones lograron especias y la amistad del rajá de la islita de Tindore, llamado Almanzor, indudablemente un nombre que les sonaba mucho a los castellanos de la expedición, el cual, después de jurar fidelidad al emperador Carlos, les dejó hacer un pequeño fuerte y un almacén para guardar las especias que fueran adquiriendo. Cumplida la misión había que retornar, y dejaron en Tindore cinco hombres para mantener la bandera del rey de Castilla en aquellas tierras.
La primera vuelta al mundo por Juan Sebastián Elcano
El jefe de la expedición en ese momento era Gonzalo Gómez de Espinosa al mando de la carcomida Trinidad, un maestre llamado Juan Sebastián Elcano comandaba la nao Victoria. Condicionados por las circunstancias, se tomó la decisión: la Trinidad volvería sobre su estela, es decir navegaría hacia el este para llegar a las costas de las Indias Occidentales. Lo intentó con tesón varias veces, pero aquel inmenso mar al que Magallanes le había llamado el Pacífico lo devolvió a su punto de partida con solo diecisiete hombres enfermos. No se dejaba atravesar en sentido del Levante. En Tindore los portugueses, que habían tomado la isla y el pequeño fuerte, los hicieron prisioneros; cinco años más tarde devolvieron a Lisboa a tres supervivientes, después de pasar muchas penalidades encarcelados. Gómez de Espinosa escribió: "Fui injuriado peor que si en las mazmorras de los moros de Oran estuviera". Su esfuerzo sirvió para saber más de aquel mar y de los innumerables grupos de islas pequeñas que había por la zona. Pero todos los documentos, mapas y diarios se los quedaron los portugueses.
Por su parte, Elcano partió de Tindore con la nao Victoria y sesenta hombres. Le tocó seguir la ruta reservada a los portugueses doblando la punta de África, pasó muchas desventuras por el hambre, los temporales y los lusos, pero al fin pudo llegar con dieciocho hombres a Sanlúcar de Barrameda el seis de septiembre de 1.522. Eran los primeros hombres en dar la vuelta al mundo. “Primus circundendistime”, el primero que me rodeaste, rezaría desde entonces en el escudo de Juan Sebastián de Elcano.
El Pacífico se había tragado en esta primera expedición más de doscientos hombres y cuatro barcos. Sin contar el inestimable precio de la vida humana, el resultado económico de estos tres años de expedición tuvo un saldo muy positivo tras la venta de especias que había logrado traer la Victoria, así que el emperador Carlos organizó otra expedición que siguiera los pasos de Magallanes para que auxiliase a los que allí quedaron, trajera especias y, sobre todo, consolidase la presencia de la corona española en las islas de Oriente.
La expedición de Fray García Jofre de Loaysa
Salen de La Coruña, en junio de 1.525,