Archivo · Por Alberto Piedra · 07 jul. 2026
Mar de Piedras
Existen ocasiones en las que la naturaleza desconcierta. Si piensas haberlo visto todo, todavía queda oportunidad para el asombro. Millones de piedras pómez flotando tras una erupción volcánica pueden crear un paisaje irreal en mitad del océano.

Existen ocasiones en las que la naturaleza desconcierta. Si piensas haberlo visto todo, todavía queda oportunidad para el asombro. Millones de piedras pómez flotando tras una erupción volcánica pueden crear un paisaje irreal en mitad del océano.

El efecto es bien conocido por los vulcanólogos, aún cuando está muy poco descrito en los manuales de navegación. Millares de toneladas de material volcánico expulsados por un volcán que al solidificar con burbujas de gas consigue flotar. Se trata de la conocida piedra pómez tan liviana como áspera.
Totalmente sorprendido se quedó Frederick Franson el pasado 11 de Agosto de 2007 mientras navegaba en el pacífico en su velero CNB 36 entre las islas de Tonga y de Fidji. Una experiencia verdaderamente alucinante, pues se encontró en mitad de un desierto de rocas volcánicas hasta más allá del horizonte.


Cerca de la isla de Neiafu al norte de Tonga y exactamente en las coordenadas 18º59.5S, 174º46.3W, es donde le sorprendió tan extraño fenómeno. A medida que avanzaba navegando a motor por falta de viento, la roca volcánica del color del trigo comenzó a cubrir toda la superficie del mar hasta hacerse tan densa que no dejaba ver la superficie del mar.

Un verdadero manto marrón de origen volcánico lo cubría todo. ¡Un paisaje surrealista mientras navegaba en mitad de un desierto cubierto por infinidad de pequeñas dunas volcánicas! Al principio las rocas se apartaban rápidamente al ser desplazadas por las amuras. Más tarde la capa se hizo más espesa lo cual obligaba a navegar a un nudo de velocidad para no rayar el gel-coat. Pero también existía el peligro de obstruir los filtros del circuito de refrigeración del motor.

Por
estos motivos el patrón decidió dar media vuelta y regresar a
fondear a una isla cercana, ya que la idea de tener que navegar en
mitad de este campo de piedras durante la noche no resultaba nada
atractiva. A la mañana siguiente el rumbo escogido bordeó los bancos
de piedra pómez que derivaban lentamente hacia el norte. En el
horizonte se dibujaba una mancha de humo y polvo volcánico en una
zona marcada en la carta náutica como de alta actividad
volcánica. Al aproximarse pudieron comprobar como el humo provenía
de tres cráteres en erupción. La pequeña isla que en la proa acababa
de aparecer no figuraba ni en la carta ni el plotter. De vez en
cuando se escuchaba una explosión acompañada por una columna de
piedras mezcladas entre densas nubes de humo y cenizas. Tan
magnífico espectáculo acababa de descubrir el origen de estos
extensos mantos de piedra flotante.

Y no menos sorprendente resulta pesar que normalmente estas islas suelen desaparecer y hundirse al cabo de algunos días o semanas al cesar el empuje de la actividad volcánica.
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